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Sin citar quien, una información de El País de hoy sobre los pormenores de esa calamidad política que es el proceso de negociación de un nuevo estatuto para Cataluña, se refiere a un alto cargo de Convergencia que, planteado el juego de concesiones, se vuelve pragmático:
No diremos que no si no nos dan nación
Obviamente, esto es a cambio de aspectos mucho más sustanciales del acuerdo. Por no aburrirles, se trata de las cuestiones de recaudación fiscal, competencias, etc. Vamos, el cogollo de la realidad. Esto sugiere varias cosas:
- como sospechábamos, la terminología es siempre algo de cara a la galería. Sólo ERC parece mantenerse en la cuestión.
- si no es importante en el fondo para algunos nacionalistas catalanes, tampoco debería serlo para los españoles nacionalistas o no nacionalistas.
- lo que lleva a la cuestión de si para el Gobierno de la nación (¿de cuál?) tendría sentido aceptar el término nación y mantener la agencia tributaria que quiere y esas otras cosas que se discuten. En términos de Zapatero: que cada comunidad se llame como quiera llamarse.
- y viceversa: puedo volver a Cataluña siendo nación plenamente satisfecho, pero sin agencia tributaria propia.
Como es demasiado sencillo, se me ocurren otras:
- en realidad, el proceso de reivindicación nacional va por fases. Hoy arranco esto, mañana aquello, cuando la balanza política me sea favorable.
- desde los partidos españoles se sigue sin ver la realidad: no existe una idea compartida y aceptada por el conjunto de los representantes políticos de lo que es el Estado. Otra cosa es que a los ciudadanos de a pie, si no hubiera periódicos donde jalear una angustia histórica, puede que nos importara un pito.
- es decir, dentro de poco tiempo, con Estatuto aprobado seguiremos igual: será insuficiente la financiación, el poder político, la ansiedad de autogobierno y todas esas cosas que se repiten como un eterno y grácil bucle.
Si la negociación de esta cosa es una calamidad política es porque no se parte de un proceso verdaderamente claro de definición del estado y, ya saben mi parecer, porque no se aceptan reglas para aclarar el proceso de posible secesión del Estado (o sea, de España) y porque el Estado (es decir, los que convengan en llamarse España) no ponen reglas para la pertenencia. Es decir, acepto su angustia nacional y, si quiere, y bajo determinadas reglas impecablemente democráticas y justas, se puede marchar cuando quiera. Pero mientras no se marche, hay unos mínimos comunes de equidad, igualdad y cohesión que debe aceptar que no tenemos por qué cambiar y que, es inevitable, deben contar con cierto consenso de todos. Vamos, que todo tiene costes y beneficios y no se pueden elegir sólo beneficios. En fin, no sé si se me entiende.
No sé a estas alturas de la película quien tiene que volver a sacar al bueno de Raimon.
Technorati tags: Derecho de Secesión, Cataluña, Estatuto, Nacionalismo, España, Nación
Mis viejos amigos de Desde el Exilio publican una interesante encuesta internetera. En su página puede usted votar respondiendo a la siguiente y muy fascinante pregunta:
De someterse a referéndum, estaría usted dispuesto a conceder la plena independencia a una parte de la nación española?
Las opciones son igualmente interesantes:
- No, nunca
- Sí, en cualquier caso
- Sí, con pérdida de los derechos que son propios del R. de España
Me parece un acierto incluir la tercera opción: la secesión es un problema que afecta a las dos partes, a la escindida y a la escindidora. Las interrelaciones son tan importantes que no tiene sentido que se puedan disfrutar únicamente de ventajas en caso de separación. Yo he votado por esta opción.
El resultado en el momento de emitir mi voto es de 53% a la negativa total y de 46% a la secesión con "castigo" (o precio). Nada para la secesión de gratis (o el resto de decimales que pueda quedar - y no recoge - el programita que hace la encuesta).
Pregunta que les hago: aún siendo una minúscula encuesta (en el momento en que yo voto), una separación de opiniones tan, tan equivalente ¿tiene que ver con las dos Españas de las que tanto hablamos?
Technorati tags: Derecho de Secesión, Referéndum
Dicen por ahí que el Gobierno de la Generalidad de Cataluña ha husmeado (previo acuerdo de confidencialidad, patatín y patatán) entre los historiales clínicos de sus enfermos y encuestado a sus médicos, enfermeros y enfermeras (qué gracioso suena el término americano paramedics) sobre la lengua que usan con los pacientes.
¿Y a ellos qué les importa? ¿Debe el estado meterse en los actos de intimidad, de las relaciones sociales, para investigar qué lengua se usa con el pretexto de que el catalán (en este caso, a otros gobiernos les encantará meterse en otras intimidades) debe ser lengua vehicular? ¿Tiene un gobierno derecho a opinar sobre qué lengua utilizo para describir mis dolores, mis angustias, mis temores (a la muerte, al padecimiento)? ¿Debe el estado opinar en la lengua que utiliza el médico para sanar, relajar, ayudar al enfermo (tanto hablar de la relación médico/paciente, de la necesidad del trato atento, cálido, cercano; de que el propio afecto del sanador ya contribuye a curar)?
Un amigo me confesaba tras la interrupción de una relación amorosa que le costaba hacer el amor en castellano. No lo miren con asombro ni ligereza. El amigo, efectivamente, utiliza el catalán como su primera lengua, como su elección diaria. Íntimamente su expresividad y su emoción se vio limitada y el juego de afecto y deseo no prosperó. Esperemos que el estado, los estados, no nos digan como tenemos que hacer el amor. La elección es individual, personal, intransferible. Hay quien quiere imponer y nos quiere cambiar la realidad: la propia TV3 asume que más del 40% de los hogares de Cataluña tienen el castellano como primera lengua. La realidad es siempre difusa y tozuda, a los políticos con mando en plaza les gusta cambiarla según sus intereses.
En Cataluña se da el raro privilegio de un bilingüismo cercano a lo universal. Es cierto, me dirán, que hay gente que no habla catalán ni quiere, lo que no sucede al revés. Es cierto que no siempre - la justicia - se puede uno desenvolver plenamente en catalán si lo desea. Pero, en el fondo, todo es demasiado pequeño como para no seguir considerándolo un milagro maravilloso digno de ser dejado (correcciones sobre la justicia, por ejemplo, aparte) a la libre elección de los ciudadanos de a pie. ¿Por qué no asumir queridas administraciones públicas catalana y española que las personas elijan libremente su relación idiomática con el poder, con los servicios públicos y, por supuesto, con sus vecinos? Las lagunas del catalán en su relación con el poder son simultáneas al intento de desterrar el castellano de los espacios públicos. No hay lenguas propias de territorios que crezcan en los árboles, sólo hay lenguas de individuos: la constitución de Estados Unidos ni siquiera pensó que tuviera que haber un idioma oficial (aunque ahora algunos lo intenten).
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Una emisora de radio en un taxi me cuenta que en La Razón han publicado un comunicado de apoyo al camarada Mena sus compañeros de promoción retirados. Supongo que es una estrategia - el estar retirados - porque alguno quedará en activo y sólo estos pueden ser castigados. Ellos dirán que represaliados.
La estrategia propagandística de la indisciplina se derrumba. Esto no es indisciplina, es una oposición del estamento militar a la democracia. No se debe generalizar, por supuesto, habrá (creo, espero, supongo, deseo) militares que no comulguen con ruedas de molino. Uno de los titulares de La Razón resalta el "valor" del soldadito. Ya empezamos: valor, cojones y virilidad. Razón, gran contradicción, poca. Ignorancia, desconocimiento, brutalidad, se le suponen, como el valor.
Miren lo que dicen los camaradas:
Creemos que poner de manifiesto a sus superiores, en el citado contexto, el conocimiento de una inquietud en el seno de las Fuerzas Armadas, el citar un importante artículo de la Constitución, el testimoniar el deber de todo militar de ser fiel al juramento o promesa de guardar y hacer guardar esa Constitución y el hacerse eco de un estado de opinión pública generalizado y recogido al detalle, día a día, en todos los medios de comunicación, no puede ni debe considerarse una opinión o injerencia personal sobre temas políticos.
No se enteran. Si los militares quieren opinar de política, que se den de baja y se presenten a las elecciones. Si no saben leer la Constitución, que les retiren las medallas y los devuelvan a la escuela. ¿Quién les pide opinión acerca de lo que es de aplicación en semejante artículo de la Constitución? Se debe decir que, afortunadamente, La Razón no es El Alcázar, y que estos no son el colectivo Almendros, pero nunca se está a salvo.
¿Tendremos que hacernos juancarlistas otra vez el día que el Rey tenga que salir a decirles a los de los sables que calladitos están más guapos?
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La maquinaria de propaganda se ha puesto en marcha: Bono y El País repiten como loros la palabra "indisciplina".
Yo tengo otros términos en mi vocabulario: rebelión, sedición, incitación al golpe de estado. Y una prueba: el silencio clamoroso del indisciplinado, quien ni él en persona o el ministro han asegurado que haya rectificado o se haya disculpado. El silencio clamoroso de los militares. La estupidez de Rajoy: qué ocasión ha perdido para lavar los estigmas del PP.
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Dice Jesús Cacho hoy que el soldadito español que inocentemente nos llama la atención de que son sus sables los que garantizan la Constitución no dice otra cosa que lo que decimos muchos en el salón de nuestra casa: que el Gobernante, a fuerza de pactar con partidos que quieren romper España (¡a mi la legión!), está poniendo en peligro nuestra concordia y bienestar tan duramente trabajados en estos que sí que han sido treinta años de paz.
Oiga, D. Jesús, el soldadito no ha dicho eso. Ha dicho veladamente que tiene que intervenir si los políticos pactan algo que él considere en contra de la Constitución. Y a eso se le llama tutela de las armas al poder civil. Lo que me asombra es que, como pasó con el Gal, la gente que se quiere llamar liberal se dedique a desviar la atención con otras consideraciones porque la plebe, en su infinita sabiduría, dice en el comedor de su casa que cuánta razón tiene. O como se decía en voz baja que ojalá hubiera tenido más puntería el Gal.
Estas son las pruebas de fuego de una democracia. Para los que se proclaman de izquierdas con ese aire solemne que se autoinsuflan adquiriendo un pedestal de ética, esto es cojonudo: qué mala es la derecha, que siguen encima del caballo de Espartero. Uno piensa que el soldadito ha hablado de puro tonto, pero su trabajo no es opinar: si tuviera un grado de decencia sería él quien hubiera renunciado a su destino, su cargo o lo que tengan los soldaditos. Pero no, todo parece que en privado le estarán diciendo eso de óle tus güevos, tú sí que tienes cojones.
Esa confusión entre testosterona y responsabilidad que era (o sigue siendo) tan propia de la cultura celtibérica es lo que subyace. Y este Señor Rajoy, de sabiduría - dicen - gallega, es más tonto que el soldadito y en vez de salir a la palestra a decir lo que tiene que decir, que los soldados no opinan de política y que exige su renuncia, apartamiento o lo que sea por la propia dignidad del ejército español (repito: por la propia dignidad del ejército español) se calla y dice, por medio de su portavoz, que todo es culpa del torpe de Zapatero.
Zapatero es torpe. O no: yo creo que es un idealista sin experiencia, dicho lo de idealista en el peor de los sentidos. El error Zapatero es pensar que puede haber consenso esencial con aquellos cuya agenda es precisamente la contraria que el propósito del consenso: se quiere consensuar como un modo de integrar, cuando el secesionista quiere consensuar como un paso pendiente del siguiente paso. Peso eso no es materia de soldaditos: que se vaya a su casa con toda la deshonra.
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Al regresar al país de las maravillas me encuentro con la señora ministra de sanidad que me dice en televisión el gran apoyo con que cuenta la ley ésta contra ¿el tabaco? ¿los fumadores?. Nada menos que el 80% de los consultados, dice ella, están a favor de la ley. Gran argumento democrático: si el ochenta por ciento de la población está de acuerdo con que se prohíba abrir en domingo, también dirán que es democrático y maravilloso. Lo mismo dirían si el ochenta por ciento de los catalanes estuviera a favor de cerrar la COPE. O a cualquier otro elemento discordante. El pequeño detalle de que restringir la libertad individual allá dónde no se viola el derecho a la libertad de nadie es, simplemente, algo que debiera estar fuera de toda discusión.
Lo que nadie parece decir o reclamar (mucho menos el PP, de quien se le esperaría) es que esta ley es una muestra más - intolerable en mi indignación privada, tan poco importante - de la capacidad de este estado para inmiscuirse en el mundo de las decisiones privadas. Bien está que se prohíba fumar en los centros de trabajo. Pero no está bien que el estado decida que las divertidamente llamadas narcosalas estén prohibidas. El argumento es aterrador: es que se comprueba que más gente deja de fumar. ¿Y a usted qué le importa?.
Que una ley me impida a mí, empresario, empleador, ejerciente de mi libertad, que en mi propiedad (es decir, dos veces mío, por ser titular del negocio y por ser titualr del contrato de alquiler o compra de un espacio) no pueda establecer un área con todos los requisitos que la ley marque para que unos enfermos (¿no quedamos en que son enfermos?) puedan fumar cuando lo consideren oportuno (su libertad, la mía descontarles del sueldo el tiempo invertido salvo pacto en contrario, la mía de pactar con ellos) es sencillamente totalitario.
Y lo damos por bueno: el problema de la ley no es la bondad para reducir el tabaquismo (quimera, el gusto por lo prohibido regresará) sino la coacción del estado en contra de la libertad de resolver los asuntos de los ciudadanos privados en el ejercicio de su libertad. ¿Nadie se treve a ir al Tribunal Constitucional? (por favor, un jurista lector que nos ilumine).
No fumo. No he fumado nunca. No pienso fumar. Pero estoy por convocar a la disidencia y a la desobediencia civil fumándome un puro en la sala de espera del Ministerio de Sanidad.
P.D.: el argumento ese de que el estado gasta mucho curando a los fumadores de su adicción es la gran mentira del estado coaccionador: mañana nos prohibirán, tras análisis de ADN, comer marisco a los que tengamos tendencia a subidas de ácido úrico bajo el pretexto de mi irresponsabilidad. ¿Y si, encima, empleo siempre para mal curarme mi seguro privado? ¿Me deja que me lo descuente de los impuestos?
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Debemos alegrarnos, algo nos une. Los hechos son los hechos, la mediocridad futbolística en ausencia de jugadores foráneos es un rasgo típicamente español como demuestran la histórica incapacidad por ganar nada y, lo que es peor, que parezca que se puede ganar algo. Ese rasgo típicamente español una vez desagregado por sus componentes nacional/territoriales parece confirmarse como recurrente. Precisamente, suele decirse que el todo es la suma de las partes. Los resultados ante las grandes potencias de la globalización, son apabullantes:
Navarra 1-0 China
Euskadi 0-1 Camerún
C. Valenciana 2-1 Colombia
Andalucía 4-1 China
Murcia 1-1 Lituania
Cataluña 1-1 Paraguay
La derrota euskalduna ante Camerún da mucho que pensar. En realidad, puede que confirme la mediocridad intrínseca del futbolista español al ser esta la única comunidad que alardea entre sus equipos mayores de emplear jugadores únicamente vascos (es decir, los únicos donde, el diario ABC dixit, los que juegan tienen pasaporte español). A lo mejor no es el futbolista español el mediocre, sino su juego colectivo. Los entrenadores innovadores suelen contratar psicólogos. Parece que ni con esas.
El advenimiento de la selección de Murcia y la amenaza del pepino mecánico resulta conmovedora. Pero estén seguros de que esto complica más las cosas: si ya casi todos tienen selección autonómica, ¿cómo se diferencian los históricos de los demás?
Atención: el jueves otro fascinante partido, Galicia-Uruguay. ¿Gallegos contra Gaitas?
P.D.: se desconoce si las autoridades gallegas han investigado en el pasado de los jugadores de la selección uruguaya para determinar cuántos de ellos proceden de Lalín y limítrofes. Una oportunidad exquisita para encontrar a sus antepasados, llevarlos al palco, ganar unos votos, y donar unas cuantas fotocopiadoras a la Casa de Galicia de Montevideo.
Actualización: esto me pasa por inventarme posts de estos mientras leo la prensa. Efectivamente (y no sé si por la mala uva del diario), en El Mundo nos cuentan que había mucho cemento en el Cataluña-Paraguay y que eso conduce a la necesidad inevitable de seguir profundizando en la causa. Fuerte contraste con los grandes llenos de los dos primeros años de selección catalana. Menos presencia de políticos. Pero véase lo que piensan los elementos más nacionalistas de la selección: «Hay que ir más allá. No creo que con los actos folclóricos, una vez al año, nos quedemos con la conciencia tranquila. Hay que seguir trabajando y confío en que la gente que se encarga de estas gestiones siga trabajando para que sea una realidad», se lamentó Oleguer Presas. La gente no ha ido al partido, en mi opinión, no porque no se sienta catalana. Simplemente, no se siente atraída por el espectáculo o la inanidad del torneo. La cuestión es que una vez que hemos jugado como catalanes y ya hemos reivindicado la cosa deja de tener su interés. ¿Y ahora qué? Pues jugar un partido no es suficiente, ahora quiero más. Parece un ejemplo perfecto del mecanismo de insatisfacción melancólico de todo nacionalismo. Mi amigo Viladesau me dirá que es precisamente por carecer de la posibilidad por lo que se siente la necesidad de tener y cuando se tenga, se podrá dejar de anhelarlo, por lo que ahora resulta necesario ser nacionalista y razonablemente melancólico. Es un argumento con base: se me imponen cosas, entonces no me agradan esas cosas. Para mí lo que sucede es que la sobrecarga de la patria termina cansando normalmente por poco práctica, pero cuando los brujos de la tribu sienten que la patria deja de interesar - puede que por innecesaria en la vida cotidiana - han de encontrar un nuevo exorcismo que eleve los espíritus. Ya saben lo que pienso: hagamos un referéndum para preguntarle a la gente lo que quiere ser. Terminaremos tan saturados y aburridos de las naciones y las patrias que se quedará lo práctico y la gente huirá de lo cansino. Viene a ser lo mismo que las selecciones: gustan si gano al hockey (porque puedo ganar), pero puede que a los jugadores de otros deportes les interese jugar con un equipo con posibilidades de ganar un torneo serio. El warterpolo atesora un enorme número de jugadores catalanes, pero sin el concurso de otros probablemente fuera difícil tener opciones de ganar los grandes torneos internacionales. No está mal, dejemos que la gente elija. Pero el problema es que lo estamos construyendo a la carta, de forma que unos podrían elegir y otros no tanto. País indefinido.
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(Homenaje a Viladesau)
Martin Varsavsky, ese argentino listo (valga la redundancia), probablemente más listo si se confirma que ese apellido es de procedencia judía, me lleva a través de su blog a un viejo artículo publicado por The Economist de inquietante título para los residentes de este país pendiente de definirse: ¿Qué tamaño debe tener un estado-nación?.
El artículo parte de una observación más inquietante aún: "de los diez países más ricos del mundo en términos de renta per cápita, sólo dos tienen más de cinco millones de personas: los Estados Unidos, con 260 millones, y Suiza con siete". A Catalunya som sis milions, nos decía el respetado presidente Pujol; en la Euskal Herria mítica (que incluye, como saben, el viejo Reino de Navarra y los territorios transpirenaicos de la Baja Navarra, Lapurdi y Zuberoa) no sé cuántos serían, pero seguro que son menos de cinco. Tampoco los gallegos son más, incluídos los de Buenos Aires. El artículo fue publicado el 18 de diciembre de 2003, por lo que presumimos que los datos son de entonces. La culpa de esta mala noticia para las fuerzas imperiales (tengan camisa azul o no) la tenían dos economistas norteamericanos, Alberto Alesina de Harvard y Enrico Spolaore de la Universidad de Brown, que publicaron un librito titulado The Size of Nations.
Entre esos países pequeños no hablamos especialmente del Principado de Mónaco, sino de joyas como Singapur y Noruega. En el texto nos advierten de las grandes ventajas de los países grandes, entre ellas la nada desdeñable capacidad para crear economías de escala y recaudar impuestos con más eficiencia. Si no he leído mal, no se menciona nada de la influencia política y cultural de una mayor demografía, pero lo añado yo porque creo que la ciencia no me va a contradecir: lo comento porque es un argumento en favor de la pervivencia de España as we know it.
La explicación del éxito de los países pequeños, de acuerdo con Alesina & Spolaore, reside en la combinación de tamaño y apertura económica. La conclusión es apasionante:
No obstante, el intercambio entre los costes y beneficios del tamaño está influído por otro factor: las restricciones al comercio. La importancia del tamaño económico para la prosperidad depende de modo crucial en el grado de apertura de una economía. Países pequeños que podrían no ser viables en un mundo con restricciones al comercio, pueden prosperar si los intercambios son libres y los mercados abiertos. "Por lo tanto", dicen los autores, "se debe esperar que la integración económica y la desintegración política vayan mano a mano, en un proceso que se autoalimenta". Un ejemplo: la existencia del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica ha reducido posiblemente los costes de la separación de Quebec.
Cambiemos el NAFTA por la Unión Europea y Quebec por Euskadi. Precisamente la inseguridad acerca de si la independencia produciría la separación de facto de los vascos de la Unión Europea (con el retorno de los aranceles) es un argumento esgrimido por algunos para la falta de osadía del nacionalismo vasco presuntamente moderado en solicitar de modo abierto la independencia y recurre a cosas como el Plan Ibarreche (que, por cierto, se parece mucho al intento de obtener la soberanía de los partidos nacionalistas quebequeses en 1995, lo contaré otro día).
Sea o no sea viable separarse de España en el seno de la Unión, no deja de ser un argumento de reflexión para quienes defienden, simplemente como argumento emocional porque creo que racionalmente no es defendible, que España es una única nación. Si queremos España, tendrá que ser con otro tipo de argumentos a los tradicionales: ni la tradición, ni el floklore ni los meros sentimientos, aunque sean buenos e interesantes aderezos, sirven para justificar un país (un estado, una nación) para un hombre moderno y, añado yo, liberal y laico. Luis Amézaga nos dió uno muy defendible y apropiado en los tiempos que corren.
No llamen a Varsvasky aguafiestas. Cree más en España (y en el español) que los propios españoles y no deja de asombrarse de la miopía y la falta de ambición del conjunto: "En el "Valley" la gente cuando sueña en hacer algo se lo imagina para todo el planeta. En España para todo el mundo hispano...a veces."
P.D.: El argumento es el contrario al de Viladesau, el independentista inteligente, que espera reducir la integración económica de Cataluña con España para hacer posible la indepedencia. Al final, querido amigo, la estrategia de ERC parece más correcta: reconocimiento de la soberanía dentro de la UE.
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Un sombrero es sólo un sombrero, es una cobertura, el yo está más abajo y siempre es contradictorio. Pero creyendo ya a estas alturas de mi vida que precisamente eso, la vida, es sólo elección, que la única posible libertad está en las elecciones que hacemos y en el esfuerzo para encontrar la forma de ver con claridad los espacios para elegir, yo elijo cosas como ésta:
...si pudiera haber una cosa tal como el socialismo combinado con la libertad individual, aún seguiría siendo socialista. Porque no puede haber nada mejor que vivir una vida libre, modesta y simple en una sociedad igualitaria. Me costó cierto tiempo reconocer que esto no es más que un bello sueño; que la libertad es más importante que la igualdad; que el intento de realizar la igualdad pone en peligro la libertad, y que, si se pierde la libertad ni siquiera habrá igualdad entre los no libres.
Karl Popper, Búsqueda sin Termino (una autobiografía intelectual)
Asumiendo el fuste torcido de la humanidad, la imperfección y el caos como algo inevitable, la incompatibilidad crónica y profunda entre libertad e igualdad llevados a su extremo, sólo puedo elegir aquello que permite vivir racionalmente en el caos. La seguridad absoluta termina por ahogar.
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Repasando mi bloglines en esta mañana que antecede al grosero y cansino festín nocturno del solsticio de invierno, hallo vía Cine y Política esta nota de Arcadi Espada:
El excelente artículo de Pericay comenta un párrafo de la Exposición de Motivos de la Ley Audiovisual catalana. “Esta ley se fundamenta en el derecho de los ciudadanos de Cataluña a disponer de un sistema audiovisual que refleje su realidad inmediata a partir de formas expresivas vinculadas a su abanico de tradiciones, es decir, el entorno simbólico, y debe otorgar a la Generalitat, en defensa de los derechos y de los intereses de los ciudadanos, la capacidad de intervenir en la regulación de los operadores y de los contenidos”. Ahora basta con pensar (enésima operación Gombrowicz) que fuera el Partido Popular el que la redactase para España, diciendo así: “Esta ley se fundamenta en el derecho de los ciudadanos de España a disponer de un sistema audiovisual que refleje su realidad inmediata a partir de formas expresivas vinculadas a su abanico de tradiciones, es decir, el entorno simbólico, y debe otorgar al Gobierno, en defensa de los derechos y de los intereses de los ciudadanos, la capacidad de intervenir en la regulación de los operadores y de los contenidos.” Pero no, no es imaginable. Las formas del reaccionarismo político más excluyente sólo se dan en las naciones manqué, en ese universo protozooario, sisífico y sicalíptico.
Decíamos - decía Aranzadi hace 25 años y sigue vigente - que hay un nacionalismo que no está de moda. Insistía Aranzadi en desmontar mitos. Esto que apunto hoy, me parece que se debe parecer a eso de deshacer los mitos: no está mal ponerle al nacionalismo un espejo. Creo que voy a releer a Umberto Eco en busca de redención: si el logo de TVE contuviera el recuerdo o la obvia reproducción de la bandera española, se diría que es algo franquista y nostálgico. Si el logo de TV3 tiene una senyera, debe ser el reflejo de la realidad inmediata. Una bandera es fascista (mal que nos pese, no parece haber quien le borre ese poso), la otra bandera forma parte del abanico de tradiciones.
Todo parece ser incompatible.
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"Criticar el nacionalismo vasco, el andaluz, o cualquier otro de los que hacen su agosto en esta hora de las autonomías no implica defender el nacionalismo español. Desenmascarar los mitos que los sostienen no implica defender que éste se base en realidades; sólo indica que aquéllos están de moda, mientras que éste anda de capa caída, aunque nunca le faltarán poderosos profetas armados y le hayan salido últimamente algunos apologistas modernos. No me encuentro entre aquéllos a quienes preocupa lo poco que queda de España; lo que a mí me molesta es lo mucho de ella que queda en los nacionalismos que la niegan. Tras cuarenta años del más necio españolismo ya no hay en este país quien sostenga el Estado con una mística patriótica centralista y uniformista (a no ser con la ayuda de un fusil); la docilidad y sumisión que ya no consiguen el castellano, los Reyes Católicos y el gol de Marcelino la logran, sin embargo, el euskera, el catalán, el árbol de Guernica, la sardana o el modo de producción andalusí. Son distintas las leyendas que nos narran pero es una misma voz de la que salen y el objetivo que cumplen. Atacar lo que ya nadie se cree me parece una estúpida complacencia. Lo urgente es desenmascarar los mitos de repuesto. Por si acaso un día..."
Juan Aranzadi, en 1981. Publicado en Milenarismo Vasco.
Como se ve, el progreso en casi 25 años ha sido extraordinario.
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En cierta ocasión, y sin que sirviera de precedente, en este blog que no comulga con los distintos PSOEs que nos gobiernan o nos han gobernado, recurrimos a la voz sabia de Alfonso Guerra; sabio por viejo y por diablo. Lo llamábamos Mitos y Paradojas y recogíamos palabras como éstas:
«Lo que hay son prioridades de gasto. Hay una comunidad que se queja del déficit sanitario, pero que tiene dos canales de televisión que con un 10% de su coste acabaría con dicho déficit. Eso no es insuficiencia financiera»
En el día de hoy, Maurizio Carlotti, uno de los dos genios italianos que hacen la televisión de este país, la hacen bien y nos dan lecciones de cómo hacerla a todos los carpetovetónicos (el otro genio es Vasile), encuentra hueco en el diario El Mundo para asegurar cosas como ésta:
«...no se puede reclamar el déficit sanitario y luego tener mil millones de deuda por la televisión pública como ocurre en Cataluña. Es indispensable tener tres cadenas analógicas, ocho canales digitales, tres radios... para informar de una comunidad, muy importante, no sé si con rango de nación o no, pero estamos hablando de ocho millones de habitantes.En la Corporación Catalana de Radio Televisión hay más periodistas que en Antena 3 y Telecinco juntos. Habrá que cuestionar este modelo, porque lo está pagando el contribuyente»
Algún día hablaré del Estatut. Entre paréntesis: ya sé que no tiembla nadie frente a la amenaza.
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Una bomba destroza (no sé cuánto, ni cómo) parte o el todo de las instalaciones de una empresa vasca, Angulas Aguinaga, lo leo aquí mismo, en la versión electrónica de El Mundo. Salvo error u omisión, sólo cabe pensar en que son bombardeados porque no quieren, no desean, se resisten o no tienen para pagar esa coacción llamada impuesto revolucionario (págame para que pueda matar). Su página web termina en punto es, sólo la encuentro en castellano (ah, ¡y en inglés!) y escriben Guipúzcoa así, Guipúzcoa. ¿Tendrá que ver?
Sugiero que después de tantas idas y venidas con aquello de no comprar productos de a quien se tiene por enemigo, hagamos el juego a la inversa. Hágamosle el boicot al impuesto revolucionario, hagamos un boicot al revés: yo me voy a comprar cinco paquetes de sucedáneo de angulas, otros cinco de surimi que me van muy bien con la ensalada y alguna otra bicoca nueva que tengan para probarla a ver si me gusta.
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Así que Ezequiel Moltó, redactor de El País, se pasó ayer a cumplir con el acto del Ministro de Defensa, Bono bonísimo, y fechó en Alicante una crónica en la que no pudo reprimirse y encabezó el artículo con tres adjetivos y sus respectivas comas: patriótico, católico y socialista.
Inmediatamente pensé en el pobre Marqués de Bradomín: feo, católico y sentimental. ¿Podría Valle-Inclán narrar la saga del ministro, cacique y esperpento estandarte de la democracia cristiana vestida de progresismo y modernidad? En este ruedo ibérico Bono es esa cosa que hubiera llevado camisa del movimiento pero hubiera sido muy simpático, es el tipo que llegó tarde a poder decir que es de derechas de toda la vida sin miedo a no poder vivir del poder, o que pensó que hacerse cura progre no era lo suyo.
Clases magistrales como las que impartió en Alicante están al alcance de pocos:
José Bono dio lecciones sobre qué es ser socialista. A su juicio, el socialista debe ser solidario con aquellos que menos tienen, pero también ser moderado y escuchar al que critica o discrepa, ser transigente y no dogmático.
En cierta manera, es lo que temíamos de él. Ser socialista es únicamente ser un buen muchacho. Ya está. En esto consiste el socialismo, la socialdemocracia y lo que te rondaré morena. Con estos mimbres, es imposible que, no digo ya una opción verdaderamente liberal, sino el mismo Partido Popular tenga opciones serias de ganarle las elecciones al llamado Partido Socialista Obrero (sic) Español (esto, con Bono, no está puesto en duda). No se puede competir contra un buen hombre de buenas intenciones y nada más, todo un español de a pie.
Y al grito de "No pienso dejar ni mis ideas y creencias religiosas, ni el socialismo" (¡¡ar!!) la crónica concluye con nuevas referencias a la llamada en pro de los que menos tienen: no sabemos si repartió limosnas. Ezequiel Moltó, que parecía mirar los toros desde la barrera parece poner un espejo deformado por delante y empeñarse en que Valle Inclán está vivo: "Así se mostró anoche en Alicante el ministro de Defensa, José Bono, que no defraudó a los suyos, aunque mantuvo un tono moderado". Es lo que tienen los fraudes, que para que lo sean no pueden defraudar.
Technorati tags: José Bono
Esta es una disquisición probablemente liberal:
Sartre, ese viejo y a ratos fascinante mito de la izquierda europea, ese extraño ser empeñado en conciliar su humanismo con el marxismo, incluso con el marxismo llevado a la práctica, escribió en El Ser y la Nada que "el hombre está condenado a ser libre, porque una vez arrojado al mundo, es responsable de todo lo que hace". Una frase como esa, le parece a este ignorante en filosofía un aserto apropiado para un protestante. Apropiado para un liberal.
Vicente Verdú, que él me disculpará si equivocadamente le atribuyo un sesgo digamos cercano a las corrientes socialdemócratas, titula su columna de hoy en El País "El consumismo es un humanismo", toda una evocación del clásico sartriano "El existencialismo es un humanismo". Dice algunas cosas que merece entresacarse:
Nuestra sociedad española, y no española, sigue contando con una vasta legión de nuevos reaccionarios, antiguos progresistas, que ven en el consumismo la raíz de las peores dolencias, pero son ellos los afectados en su punto de vista.
Por el consumismo, dicen, nos degradamos, y esta monserga, en diferentes tonos, nos acompañará desde estos primeros días de diciembre hasta las penurias de la cuesta de enero
Pero dice más:
Sin la fuerza del consumismo desfallecería la base del sistema y, en consecuencia, la producción, el empleo, la renta, las oportunidades de vivir y, ahora, además, el método automático de hacer el bien al prójimo. Dar limosna comprando, salvar a un pobre derrochando: el sistema se ha acoplado tanto con el consumo y el consumismo como la naturaleza con el reciclaje. Más consumo equivale a mayor prosperidad y grandes compras en Navidad son el buen augurio del año. Para todos. Puesto que el consumismo se ha reencarnado en humanismo.
Hasta hace poco, el vicio de consumir parecía un acto de exclusivo narcisismo. A la acción del ahorro se asociaba la idea de solidaridad (con las generaciones futuras, con los beneficios de la inversión acertada) mientras el consumo sufría la mala fama de la egolatría. Contrariamente hoy, el consumo demuestra palmariamente su carácter de extraversión, comunicación, comunidad, movimientos transatlánticos. Sus contumaces detractores, chapados a la antigua, continúan diciendo que por el consumismo nos consumimos. Pero viene a ser precisamente al revés: gracias al consumo elegimos, nos degustamos, nos reconocemos y, al cabo, transformamos aquella primera etapa del seco amor por los objetos en una jugosa lubricia interpersonal. Cambiamos, en definitiva, la represión por la expansión y la continencia repetida por el juego interminable de la ilusión o la compulsión.
Esta es una disquisición probablemente liberal: si, como dice Verdú, "gracias al consumo, elegimos", si siendo más Friedmaniano somos (o debiéramos ser) libres de elegir, si siendo sartrianos somos responsables de lo que hacemos y no debiéramos sentirnos culpables de consumir... es que debiéramos ser libres o proponernos serlo. Verdú nos aclara que ahora que las marcas dedican parte de sus dineros para convencernos de elegir sus productos, con menos motivo debiéramos sentirnos culpables de... consumir ¿Es todo esto el meollo de la libertad?
El cuento de las calles de Cuba dice que ese es un país en el que se da un alto grado de consumismo. Con su mismo traje, con sus mismos zapatos, con su mismo plato de arroz...
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El hijo de mi amigo del alma que, como saben, es catalán (una casualidad como otra cualquiera) ha venido a pasar el puente a Madrid. Por su edad, no le conmueve ningún interés sociocultural, básicamente está entusiasmado con la posibilidad de conocer jóvenes madrileñas en flor (o de donde sea, esencialmente las prefiere jóvenes y abiertas... de mente). No le culpo, a su edad yo pensaba en lo mismo, la dictadura del ADN tiene estas cosas que hay que saber conllevar.
Al chico, la política, como más o menos he dicho ya, le importa un pimiento. Así que vive de las percepciones normales de la gente normal (si es que tal cosa existe). Entretenidos, con una cerveza en la mano y repasando el plan para quemar Madrid que se traen entre manos él y la colección de zangolotinos que le acompañan, damos vueltas a las fechas que son éstas que son: este absurdo laboral de las dos fiestas consecutivas separadas por un día. Una cosa lleva a la otra y me dice "es que en Madrid tenéis muchas fiestas". En tono docto y paternal le explico que el calendario laboral es igual para todos, que existen una serie de fechas que las autoridades locales ponen por su cuenta pero que en el conjunto suman los mismos días. Como la política le importa un carajo, no había caído en la observación de que el once de septiembre sólo se celebra en Cataluña. Tampoco en la cuestión sociológica de que San Esteban no es tradicional a este lado del Ebro. Ni la Mercé, aunque tenemos San Isidro.
Otras percepciones interesantes son esas del déficit fiscal. Es sintomático ver cómo siempre está fuera del debate que la Comunidad de Madrid lo tiene mayor que Cataluña. Y no es moco de pavo el mallorquín. No se sabe el vasco y el navarro por la cosa del concierto. Así, lo que es un puro efecto del IRPF (pagan más los tramos más altos de renta) se convierte en la "percepción de saqueo". No le he preguntado ni a mi amigo del alma ni a su hijo si se consideran expoliados, pero como toda cosa repetida con insistencia (perdón que suene a Goebbels, pero tengan por seguro de que no acuso al tripartido de ser nacional-socialista), pues seguramente lo perciben así. Es decir, que si el problema es la decisión del gasto (una decisión que toma el Parlamento con la presencia de diputados de todos los territorios), se percibe que la causa está en la recaudación, cuando es obvio que es igual, fraude y conciertos aparte, para todos. Y sobre el tema del gasto, dada la influencia de los partidos catalanes en los distintos gobiernos de la democracia resulta chocante que se convierta en arma política en los últimos años. Pero es el clásico: Cataluña trabaja, Madrid repleta de funcionarios se lo lleva. Algo de lo que cabe sospechar, porque ya saben que alguien decía que los tópicos son verdad.
Estas cosas, que tienen su morbo, no son exclusivamente de catalanes y madrileños. A la gente le gusta creer determinadas cosas porque nos justifican. Así, ¿se les ha ocurrido preguntar algunas veces a un español quien es más creativo, si un alemán o un español? No, no lo digan. Estoy seguro de que no tienen duda. Dónde va a parar la gracia y el salero, esa picaresca inventiva frente a esos tipos tan cuadrados, tan grises. Nosotros el país de Picasso, Dalí y Buñuel y no sigo porque no habría espacio. Hoy la prensa publica, por enésima vez, uno de esos estudios donde se compara la capacidad de innovar de los países. ¿A que se lo imaginan? La lista de los más innovadores empieza por y de mejor a peor: Estados Unidos, Finlandia, Suecia, Dinamarca, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Bélgica, Holanda, Austria, España e Italia.
Independientemente de que pudiera haber errores en la información o en el propio estudio (en los periódicos existe una tendencia peligrosamente insistente a informar mal de todas las cosas que son datos o estadísticas) casi nadie tiene duda de que tecnológicamente nunca ha sido España un primor. Parece que los españoles no asocian innovación técnica a creatividad, la asocian más al ripio y la chirigota por lo que se ve. Así, es sorprende que esa gente tan seria como la escandinava gane por goleada a los países, explosivamente creadores, del mundo mediterráneo.
Alemania queda en sexto lugar en un trabajo promovido por los propios alemanes a los que nunca me he tomado la molestia de preguntar si se consideran creativos: pues no lo sé, si la cultura que ha dado a los grandes campeones de la filosofía moderna y de la física, por no hablar de la reputación de sus músicos... Me dirán que si hago una lista de los anteriores aparecerán muchos austríacos (y muchos judíos, qué divertido) pero no veo a ningún español poniendo como ejemplo de tradición creativa a los austríacos, esos centroeuropeos.
Lo que juzgo interesante de estas percepciones es que terminan convirtiéndose en creencia y en justificantes o excusas para confirmar una identidad, sea inventada o no: pretendidamente se confirmaría un hecho y con ello ya puede tener uno paz interior. Es interesante, porque contribuye tanto a los mitos positivos como a los negativos. Por ejemplo, ese eterno complejo de inferioridad español. Los españoles se creen muy creativos e inventivos, pero también el reino de la chapuza y la informalidad (¿cómo cuadra eso con la capacidad del Santander o de Telefónica de competir internacionalmente? ¿Será que no se lo han creido y tienen que hacer las cosas bien?). Los catalanes se creen modernos, trabajadores e ilustrados. Es mejor creer que uno es así, aunque en la realidad no sea para tanto: Josep Pla creía que Cataluña es un país muy ordinario y grosero, al tiempo que creía que era el más democrático del mundo. También los alemanes se creen mucho más eficientes y seguro que, en líneas generales, lo son, no sabemos si tanto como los suecos. De modo paradójico uno presiente que ambas cosas, la creencia cierta o falsa y la realidad, son simultáneamente ciertas aunque sean contradictorias entre sí. Lo malo del asunto es que se convierte en un arma arrojadiza sobre la superioridad de razas, pueblos, agravios y desagravios. Supongo que es una constante de la vida de los hombres de todos los tiempos.
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Cuando leía a Jon Juaristi y asimilaba el hecho de la melancolía nacional, es decir, la memoria entristecida, evocadora y latente (de latir, de supurar, de sufrir) de un pasado que nunca existió, sólo me quedaba una pregunta por resolver: y si es así, que el nacionalismo es pura menlancolía y alejamiento de la realidad, ¿cómo es que, a pesar de todo, existe?. Mejor dicho, ¿qué hacemos con un hecho que irremediablemente es presente y que no va a cambiar por mucho que descubramos sus verdades falsas (aunque, desde luego, la digamos, la contemos, la divulguemos)?. Sería una esperanza imbécil el creer que conseguiremos que los nacionalistas de toda especie alumbren por sí mismos su bucle melancólico y se encuentren con una nueva certeza.
Xavier Rubert de Ventós, apuntó un argumento:
Todos querríamos claro está, mujeres y naciones incluidas, que ni el nacionalismo ni el feminismo existieran. Su ideal, el destino que uno y otro anhelan es precisamente el que anunciaba Marx para el Estado, el de disolverse en cuanto tales. Su condición es como una fiebre, como un síntoma de la pobreza política o discriminación legal de ciertos individuos, que serían los primeros en querer dejar de sentirla. Los dos – nacionalismo y feminismo – son cosas que no hubieran debido existir, que dañan a sus propios protagonistas, que les amargan y les aíslan del entorno, que les obligan a reivindicar algo tan elemental como su ser, en detrimento de tantas cosas que en situaciones normales podrían y deberían hacer. ¡Qué pesado resulta ser mujer o catalán!. ¡Qué pérdida de tiempo, qué insensatez, ese continuo reivindicar la propia identidad a expensar de mil tareas que reclaman nuestra atención y nuestro esfuerzo!
El tema parece así de claro: tanto el feminismo como el nacionalismo son cosas que no deberían existir. Y eso mismo hace de ellos los fenómenos más sintomáticos de nuestra época
Cuando Rajoy dice taxativo que sólo existe una nación, la española, tropieza con la realidad. Suponiendo que es cierto, ¿qué sucede con los que no lo piensan? ¿qué sucede si no están dispuestos a cambiar de opinión? ¿puede permitirse el país no resolver la contradicción entre quienes creen que hay una y quienes creen que son algunas más? ¿qué respuesta tiene el conservadurismo español para esta realidad? ¿basta con gritar a los cuatro vientos que la Constitución es esa bella señorita que a todos nos seduce? Quizá es el debate ideológico que el PP necesita realizar y que debiera hacer bien dentro de sus filas, porque de ello depende el que la gente que opina esta cosa tan diferente pueda aceptar las razones de Rajoy.
Escucho ahora a Lluis Llach, enero de 1976, concierto en Barcelona. Al final de L'Estaca se escucha una voz lejana que grita ¡visca Catalunya!. El público responde al unísono y con entusiasmo, ¡visca!. Nadie puede imaginar ni entonces ni hoy que se hubiera gritado, en un recital en el que insistemente se repetía aquéllo de "amnistía, libertad", ¡viva España!. La realidad, me dijo un amigo sabio, es tozuda.
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Porque después de verter algunos ríos de tinta Santiago Navajas lo ha hecho mucho mejor, ha descrito perfectamente en qué consiste el personaje y lo que supone. Léanlo: FJL, freak una comparativa extraordinaria entre Lenny Bruce y Losantos:
FJL es un histrión semejante a Bruce. En el arte y en el periodismo la libertad de expresión tiene un margen de extensión más amplio que el del común de los mortales. Los artistas y opinadores son los bufones de nuestros sistemas democrático-liberales, y tienen bula para decir a voz en grito lo que otros, por miedo o vergüenza, sólo se atreven a susurrar por las esquinas.
¿Qué se pasa frecuentemente en sus críticas y vocabulario? Pues se cambia de emisora.
Fin de la historia. No quiero escribir más de Federico.
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No me resisto a incluir unos párrafos de un artículo del historiador Borja de Riquer Permanyer de un artículo publicado en El País de ayer (El uso político de la Historia):
Realmente se ha hecho poco, por parte de los propios historiadores, para avanzar hacia un nuevo concepto de ciudadanía democrática que parta de un conocimiento crítico del pasado y contemple la existencia de identidades diversas como algo normal y compatible. Aún hay demasiados guardianes de la historia oficial. Parece que cuesta asumir aquello que afirmó, ya hace más de 30 años, Juan J. Linz, nada sospechoso de rojo-separatista, de que la historia de todos los nacionalismos hispánicos (el español, el catalán, el vasco y el gallego) es la historia de unos proyectos parcialmente fracasados, de fracasos recíprocos y compartidos. ¿Por qué no aceptar la evidencia de que nunca ninguno de ellos alcanzará sus máximos objetivos y de que además estamos en una situación de identidades plurales y cambiantes?
No sé si inspirado en Juan José Linz, pero al difunto Mario Onaindía le escuché yo decir en una conferencia multitudinaria en el Centro Cultural de la Villa de Madrid al comienzo de la transición una frase que no he olvidado y que ha presidido mis ideas sobre este variopinto país desde entonces: "España es una nación fracasada de naciones fracasadas".
No está nada mal y se encuentra pleno de sugerencias para quienes lo quieran ver, especialmente para acérrimos defensores de una España que no existe en la realidad, su cierre del artículo:
No hace mucho, Manuel Castells escribía: "Lo verdaderamente esencial en el mundo de las identidades vivas es que no sean excluyentes. La exclusión del otro es el principio del fundamentalismo y, por tanto, de la violencia". ¿Quién está hoy moralmente habilitado para decidir que Cataluña no es una nación, aunque la mayoría de los catalanes así lo piensen? ¿Debe persistir esa tradición nacionalista española de dictaminar "a la contra", en negativo, cuál es la identidad de una parte de los ciudadanos? El actual contencioso identitario español no encontrará su arreglo buscando legitimaciones, superioridades y dictámenes identitarios en la historia, y menos aún abusando de ella, sino asumiendo críticamente ese pasado, percibiendo la compleja realidad del presente y pensando y proyectando futuros de convivencia respetuosa y democrática.
En definitiva, el problema no es la palabra nación, sino contra quien se quiera emplear. El artículo tiene como origen una réplica a otro artículo de Antonio Elorza no menos interesante. Si os interesa, el cruce de opiniones se puede seguir en El País, revisado.
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