lunes, junio 18, 2007

Abuelos, fútbol y el portero de mi casa



Gero se me acercó muy entristecido y se sentó conmigo en el muro de piedra que hacía de valla frente al portal de mi casa. Miró la portada del Historia y Vida que leía y me dijo: "Berlín, ¿por qué lees cosas tan tristes?" Eran tiempos en que una revista tan sesuda se vendía en los quioscos y a la que creo que mi padre estaba suscrito: seguramente, al hablar de historia con carácter científico, se podía hablar de la guerra civil y hablar de la guerra civil era una manera soterrada de hablar - mal - de Franco.

No le recuerdo vestido diferente que con su mono azul. Yo ya tenía que ser un niño repipi y en vez de jugar a las chapas me bajaba a la calle a leer artículos de milicianos y requetés, a mirar fotos grises de hambrunas y sueños rotos. Gero era el portero de mi casa, hasta que un presidente de comunidad francés que quiso importar modernidad impuso el portero automático y Gerónimo fue enviado al exilio. En alguna casa de Vallecas, porque era de Vallecas, como mi abuela bolchevique, pasó algunos pocos años más, creo que no muchos y murió. Quise creer, o es mi memoria, que fue de tristeza al terminar sin nada que hacer y sin su portería.

Un día Gero habló con mi madre, me dio un bocadillo de tortilla francesa y me llevó a ver al Atlético Madrileño. Al precio del fútbol, ver a los filiales era como comer sucedáneos de caviar, una manera de paliar la estrechez. Un día sin saber por qué le dije que era del Real Madrid y se llevó el disgusto de su vida y me recordaba una y otra vez que él no se merecía aquéllo después de haberme llevado al Calderón, primera vez que yo entraba en un campo de fútbol. El sin saber por qué es una cosa que contaba Garci, que te haces de un equipo de niño sin razón aparente y lo eres toda tu vida. Sólo pienso en una razón: de mi abuelo, que sanguíneamente era mi abuelastro (el otro, el de verdad, fue fusilado, como el de Zapatero, algo que era una realidad presente, porque todo eso era cotidiano en las voces bajas de las casas), se contaba que un tío o un padre suyo había sido de los que habían fundado el Real Madrid, en una época en que antes de jugar el partido los jugadores llevaban los postes a hombros. Nunca supe la realidad de aquéllo: él era valenciano e insistía en que su segundo apellido no era puch, sino puig. Es decir, puij.

La tía Rafaela, que era hermana de mi abuelo y no mi tía, era una privilegiada por el Real Madrid. Era secretaria de no sé qué ministerio, pero tenía la potestad de poner arriba de la pila de expedientes para poder poseer un coche el de aquél que fuera lo suficientemente amable, porque hubo un tiempo en que había que solicitarlo, no bastaba con comprarlo. Así que creo que gozaba de entrada para un gimnasio que había para los socios y de alguna cosa que tenían en Aranjuez para el descanso y el esparcimiento. Seguramente es parecido.

Suelo hablar de abuelos con Mapuche. De lo que te enseñan y la tradición que conllevan. De lo que condiciona. Berlin Smith pone el acento en librarse de los condicionantes emocionales de los abuelos. Mapuche reivindica el mensaje de pequeños ritos que la antigüedad deja en nosotros. Supongo que ambas cosas son inevitables y necesarias por sí mismas. En casa de mi abuelo había un cenicero que ponía: "Aquí vive un abogado". No fue notario, y creo que trabajaba para Pío Cabanillas, q.e.p.d., y la historia de la familia dice que no lo fue porque, siendo excepcional y excepcionalmente inteligente, era demasiado lento para triunfar en una oposición tan terrible como esa. Él me enseñó a jugar al ajedrez. Yo me confundí al no querer ser abogado como él y nunca tuve la pasta para ser buen jugador de ajedrez como lo fue el padre de mi abuelo: un conocido tratadista de su época.

Ha ganado el Madrid. Y yo me he asomado por la ventana a ver pasar a los eufóricos y he vuelto a sentir la zozobra que me producen las masas, el temor y el desconocimiento de cómo comportarme. Perros con bufandas blancas, el olor a cerveza esparcida por el suelo (con su recuerdo al final de malas borracheras) y banderas de orgía. Gritos de venganza, mucho menos terroríficos en su tono y solemnidad que los de las patrias en marcha, imbéciles con petardos y alegría indisimulada. En el Avui a esta hora de la madrugada la gente se insulta en catalán y castellano y se profieren grandes venganzas verbales. Me hace sentir mal pensar que todo esto puede ser por cosas de los abuelos y los vestigios que dejan en el hablar de la casa. La mala educación coexiste con la cortesía, como el bien con el mal. A los abuelos ya los conoces débiles y entrañables y te cuesta pensar que fueron tan jóvenes y machos como los que ahora vociferan debajo de la ventana.

Todo hombre termina mutando en abuelo. Y hay cosas que no pueden olvidar. Mis padres ya mutaron a abuelos y es ahora cuando aparecen historias y preguntas que en su día fueron silencios o, simplemente, materia no hablable, por innecesaria o por obvia. Sólo hoy descubrí el drama de Gero, un homosexual encubierto, de quien todo el mundo parecía advertir la inmersión de su ahogo en un temps, un païs que no eran el tiempo que tenía que haber vivido. Sólo hoy sé que mi abuelo no sólo murió con el hígado inflamado destrozado por su consumo de alcohol, sino que dejó de dormir con mi abuela muchos años antes de morir: cierta vez, mi madre tuvo que detenerlo al entrar en su cuarto cegado por la bebida. Llevo su nombre, amé sus abrazos y hube de descubrir que llevaba dentro, como cualquier otro hombre, su tragedia. Recordar a los abuelos debe ser, quisiera creer, un mirada a la existencia para reducir el efecto del mal. No es la tierra de tus padres la que tienes que defender, sólo es tu propio futuro.



P.D.: ¿Y yo para qué iba a hablar de lo bonito que es ganar la Liga? Ah, acelerones efímeros de adrenalina. Sé que tengo un amigo entristecido de verdad porque le ha tocado el lado del perdedor. Na, ya no me divierte. Pero que no lo sepa.