martes, junio 05, 2007

A cantar y no a tararear



España ofrecía (¿ofrece aún?) una de las mejores oportunidades del mundo de acabar de una vez por todas con el nacionalismo de alharaca y pandereta y puede que el otro también: una bandera que no quiere casi nadie y que por mucha defensa que se haga de su constitucionalismo siempre es sospechosa, un himno nacional sin letra (una marchita de soldados que cogieron los reyes) y, con un poco de imaginación, una reforma constitucional que suprimiera los idiomas oficiales y obligatorios y lo tendríamos: toma republicanismo cívico y democracia del siglo XXI. Nada de rasgos distintivos de la raza o la cultura propia y superior: ciudadanos con voto y leyes.

La innovación es algo, como nos repite tanto gurú de servicio de estudios, no muy propio del carpetovetónico, ladrillero y desconfiado de la ciencia, así que me desengaño ya y asumo el conservadurismo mental estructural del habitante de Iberia en todas sus versiones idiomáticas e identitarias. Así que en este renacimiento de los intentos por encontrar pegamento emocional sin águilas ni matamoros que una a estos habitantes antes maltrados por la historia, y hoy insatisfechos señores de barrigas llenas, eructos de buena mesa y vacaciones en el Caribe, a nadie se le ocurrirá caer en las garras de la frescura, la popularización (esa cosa necesaria para hacer naciones) y, sobre todo, en el país de las listas cerradas en todos los órdenes de la vida, la verdadera voluntad popular.

Es verdad que siempre aparece un compositor y un poeta que da en el clavo, lo que sucede es que no es fácil dar en el clavo. Por eso los himnos antes de ser himnos son canciones que todo el mundo quiere, las de poetas y músicos de martillo certero (generalmente, afortunado), y no los intentos de encontrar nervios a las masas: el patético episodio de Leguina y el himno de Madrid lo explica todo y bien podría servir de lección a todos los que buscan, no sin lógica y hasta honradez, que los deportistas (vaya, los únicos españoles de a pie que han de serlo, porque se pasan la vida compitiendo con lo único que un español tienen claro: quiénes no lo son) tengan algo que decir cuando salen al campo: seguramente enardecidos de sentimiento ante una buena letra, puede que la selección española de fútbol gane algo, con lo que definitivamente se habría construido una nación. Tiemble el PNV.

Estaba esa cosa de Pemán tan azul y falangista. Es otra prueba, la gente no lo ha comprado ni lo lleva en sus corazones. Propongo dos soluciones: elegir Mi Querida España, de Cecilia, que cae bien a todo el mundo, es pop, tiene una letra neutra, se manda al cuerno a la realeza y su boato del tachunda (también, vaya arreglitos que tiene el pomposo himno nacional) y se tiene que cantar estupendo en un campo de fútbol todos a pulmón. Segunda solución: que Antena 3 (la cadena más adecuada para esto) organice un show con votación popular para elegir la canción que debe ser el himno nacional. Se corre el riesgo de que salga Bisbal o, para delirio de Losantos, que ganara Ana Belén y la España Camisa Blanca de mi Esperanza.

Y si no se consigue consenso, dejemos que lo elijan fuera. No en vano Américo Castro ya decía que el nombre "español" para designar a los del sur de los Pirineos lo pusieron los no españoles pues los de aquí no se hacían llamar de esa guisa. En ese caso, ganaría Manolo Escobar y Que Viva España. Mejor lo hacemos nosotros o pasamos del todo, ¿no?.



P.D.: Dios Guarde a la Reina se tiene como himno nacional de los británicos. Parece ser que no hay ley a tal efecto y que la tradición ha hecho todo. Siendo de letra muy divina, hay una frase indicativa: May she defend our laws, que la Reina defienda nuestras leyes. Los de los deportes, que buscan una letrita que no enfade, ya tienen una sugerencia. O que sean más creativos: que España presente en las competiciones deportivas un himno diferente al estatal. Ya dijo Maragall que había que inventar un nombre para el resto de España y los Juegos Olímpicos.