domingo, junio 17, 2007

Cuentos de espías



Mr. Wormold, que vende aspiradoras en La Habana, es abordado de improviso y convertido en espía por un agente de Su Majestad Británica. Al igual que bellas mujeres son abordadas en las aceras por hombres seducidos de súbito por una anatomía electrizante y corren para entregar su tarjeta de cazadores de talentos, otro tópico de la novela de intriga, policíaca o de espionaje, es el del hombre corriente confundido con un criminal o convertido en héroe de papel inesperado.

El vagón se detiene en mi estación. Es seguramente un mecanismo perfectamente desarrollado por el lector de transporte público el cesar la lectura en el lapso brevísimo que transcurre entre la parada del tren y la apertura de puertas, cerrarlo con su correspondiente señal, recordar el párrafo en el que obligatoriamente las cosas se han quedado, poner el texto a buen recaudo y salir.

Con un pie prácticamente en el andén un hombre de más edad que la mía, más redondo, más encanecido y con la misma sonrisa que yo me interrumpe el paso: "Perdone, ¿qué autor está leyendo?" Me hubiera quedado con él departiendo sobre literatura un rato. No sé si es un sentimiento generalizado y no es deliberado sino automático, pero me produce cierto orgullo o sensación de éxito que alguien sereno se interrogue sobre mi lectura, ¿será otro acólito? ¿otro hermano? ¿un compatriota de la extraña patria de los que comparten un mismo libro en sus recuerdos?.

- "Graham Greene", respondí de forma automática.

Las puertas se cerraron, yo continué sin ningún tipo de duda el camino a mi transbordo y el tren marchó. Sólo entonces me hice la pregunta de por qué me preguntó por el autor y no por la novela. ¿Qué identificó leyéndome por el encima del hombro? ¿Leía inglés? Me apliqué el síndrome de peliculero o lector de relatos y me dije si no era una detención para distraer mi atención y sustraer mi cartera o mi teléfono, para ponerme una marca o para que otro me siguiera. Me palpé el cuerpo y todo seguía en su sitio.

Leía El Factor Humano (oh, perdón, The Human Factor) y estaba sometido todavía a los rescoldos de Our Man in Havana. Todavía sigo pensando qué clase de conversación hubiera tenido con el hombre más redondo y más encanecido que yo.


P.D.: Los enlaces se refieren al escondite que empleo para las lecturas en túneles y noches.